Mar Estrada, enero 2012
El
Ingeniero de Minas Manuel María Contreras (Ciudad de México, 1833-1902) fue
plenamente porfiriano. Descolló en tres ámbitos muy propios del régimen: la
función pública, el proyecto educativo encabezado por Barreda y, como
ingeniero, en las filas de los “artífices de la modernidad” porfiriana en la minería
y las obras públicas. El impresionante catálogo y nivel de sus actividades, y los
honores inusitados que se le rindieron tras su muerte, contrastan con la falta
de noticias suyas que parece haber en la historiografía, excepto menciones
puntuales. Aparte de los célebres libros de texto de Contreras, es difícil dar
con textos o discursos suyos. El
Diccionario Biográfico y de Historia de México[1]
- una de las pocas fuentes que brindan algún detalle sobre su vida – afirma
que Contreras “fue faro guiador de numerosas sociedades científicas de aquende
y allende el Bravo; las sociedades Mexicana de Geografía y Estadística, la de
Historia Natural, la Academia Mexicana de Ciencias, así como el Instituto
Americano de Ingenieros de Minas[2],
guardan en sus registros, como otras muchas, el nombre de Manuel María
Contreras”, y sin embargo, no parece haber publicado nada, por ejemplo, en el
Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística.
Durante
la velada con que la Sociedad de Ingenieros y Arquitectos honró la memoria de Contreras
el 22 de Abril de 1902[3] poco
después de su muerte; su amigo el Ingeniero Andrés Aldasoro le dedicó un
discurso en el que ya advertía, a propósito de las obras del Desagüe del Valle
de México, que Contreras, “Como en varios documentos, procuró con la modestia
del verdadero mérito, ocultar la influencia que tuvo en la realización de esos
grandiosos trabajos”, por lo cual, en dicho discurso se da a la tarea de la
“rectificación histórica” y presenta un detallado recuento de la vida y obra de
Contreras. Ese discurso fue, de hecho, la mayor fuente de información que
encontramos al respecto, y que nos ha servido de guía para articular esta breve
biografía científica y educativa.
El
Porfiriato ha sido etiquetado y a menudo estigmatizado historiográficamente, en
los dos aspectos que aquí nos interesan – ciencia y educación – bajo la
categoría general del positivismo, muchas veces asociado a los entrecomillados
científicos que circundaron a Díaz en el poder. El relato de la vida de Manuel
María Contreras nos dará ocasión para aclarar y matizar muchos de los supuestos
que acompañan las etiquetas y los estigmas, por dos razones. La primera, porque
al ser Contreras tan ajeno a la palestra y tan poco visitado por la
historiografía, es más fácil considerar sus actividades desde una óptica
descontaminada de ideologías e interpretaciones. La segunda razón es que, si
bien gran parte de sus hazañas las realizó durante el Porfiriato, su formación
científica, así como su consolidación profesional y pública, ya las había
logrado antes de la llegada de Díaz a la presidencia. Esto nos permitirá una interesante
visión que atiende a las continuidades, a pesar de las innegables novedades que
el régimen porfirista trajo consigo en materia científica y educativa.
***
La
educación primaria de Manuel María Contreras estuvo a cargo del Colegio
Científico Hispano-Mexicano. A decir de su amigo Aldasoro, el brillante joven
Manuel María recibió “diversos premios de manos del Excelentísimo R. Gral. Don
José María Tornel, en ese entonces Presidente de la Compañía Lancasteriana”[4].
Por entonces, la Compañía Lancasteriana gozaba del auspicio oficial para
regentear escuelas. Décadas más tarde, bajo la ola renovadora de Barreda, el método
lancasteriano se volvería epítome, junto con el método memorístico, de lo que
había que eliminar. Durante el Segundo Congreso de Instrucción Pública
(1890-1891), se dijo que debía desterrarse el método lancasteriano
sustituyéndolo por el simultáneo, y “fue definida cuidadosamente la
metodología, y se dio preferencia a los procedimientos inductivos y a los
principios de la Enseñanza Objetiva”[5].
En 1890 se emitió el decreto por el cual se cesaba la Compañía y se
nacionalizaban sus escuelas[6].
Cualesquiera
que hayan sido los vicios de la educación lancasteriana mexicana de la primera
mitad del siglo diecinueve, ésta bastó a alguien como Contreras – brillante y
con una familia de clase media que valoraba el conocimiento – como preámbulo
para entrar al Colegio de Minería en 1846, superando las dificultades que para
ello experimentaban quienes no eran hijos de mineros (esta exclusividad contaba
entre los imperdonables defectos de dicho Colegio a juicio de Barreda[7]). Aún
en tiempos difíciles, la familia Contreras privilegió que Manuel María
concluyera ahí sus estudios, pues sabían de las prometedoras perspectivas
económicas para un Ingeniero de Minas[8].
El
Colegio de Minería era una institución de larga tradición: El Real Seminario de
Minas (1872), su antecedente, fue una de las escuelas que sustituyeron a la Real
y Pontificia Universidad de México. “Si bien en sus inicios la universidad pudo
responder a los requerimientos de la sociedad que la sustentaba, poco a poco
fue superada por otras instancias educativas, más abiertas a las nuevas corrientes
de pensamiento que, como la Compañía de Jesús a partir del último tercio del
siglo XVI y, al final del periodo colonial, la cátedra de anatomía práctica
(1768), la Real Academia de San Carlos (1784), el Real Seminario de Minas
(1792) y el Real Estudio Botánico (1799), la fueron suplantando en su función
docente”[9].
De
forma más general, el Colegio de Minería era parte de una tradición de
conocimiento empirista, secular y utilitario cuyo origen Luz Fernanda Azuela ubica
en la Ilustración novohispana, desde el siglo dieciocho, mucho antes de que se
institucionalizara la ciencia positivista a finales del diecinueve. Ya a
mediados de siglo, a decir de Azuela, “el positivismo fue ganando adeptos en el
ejercicio de la ciencia mexicana” [10].
El Colegio de Minería relacionaba las ciencias básicas y su aplicación
práctica, “impulsó la modernización de sus cátedras y el establecimiento de
gabinetes de física, química y mineralogía. La investigación empírica que
efectuaban catedráticos y alumnos quedó plasmada en numerosos artículos
científicos, así como en los registros de sus respectivos observatorios”[11].
En
los anuarios del Colegio de Minería[12], figuran
algunas de las disertaciones que los profesores tenían que hacer cada seis
meses. Según José Manuel Covarrubias Solís, autor de la presentación al
volumen, en esas disertaciones “se puede conocer por una parte la erudición de
los profesores y el grado de actualización en su materia, constatando por otra
parte, cómo se encontraban al tanto de los avances de su disciplina por su
estrecha comunicación, principalmente con sus colegas de Europa”, aunque para
el gusto de Don Antonio del Castillo en 1848 muchas de ellas ya habían decaído;
resultaban más literarias que científicas[13]. Más
adelante Del Castillo reaparecerá en este recuento de la vida de Contreras.
Los altos estándares del Colegio
salen a relucir en muchos detalles que los anuarios revelan, como la decisión,
en 1858, de haber obligatorios los cursos preparatorios, ante el problema de la
mala preparación de los estudiantes de nuevo ingreso. Existía una autoconciencia,
por parte de estos educadores de ingenieros, de estar aportando algo único y necesario;
de ser “el primer centro radiante para las ciencias exactas y las de
observación en nuestro país, saliendo de aquí y propagándose los conocimientos
en Matemáticas, Física esperimental, Química, Mineralogía, Metalurgia y otros
que hoy se aplican en diversas instituciones de esta capital, y de fuera, á
tantos objetos de utilidad general”[14],
y por otro lado, de contribuir al mejoramiento de las prácticas de minería tan
cruciales en la generación de riqueza del país y del gobierno – y por ello el gobierno,
a su vez, debía auspiciar las actividades del Colegio. Contra la práctica
“empírica” de la minería, el gobierno tenía que hacer su parte al exigir el
cumplimiento de las ordenanzas del ramo, y el Colegio, la suya de preparar a
los profesionales[15].
Como veremos más adelante, Contreras hizo suyos estos ideales. La vocación
utilitaria del Colegio, en términos pedagógicos, se traducía en una
preocupación por enfatizar la parte práctica de la enseñanza como requisito
para formar verdaderos ingenieros de minas. Es lógico suponer que Contreras adoptara
esta visión de su alma mater, sin
necesidad de esperar a que el positivismo oficial se la prescribiera para su
labor educadora.
Así
parece indicarlo la descripción que Aldasoro hace del periodo práctico de su
aprendizaje:
En
los dos años de práctica de Metalurgia, Explotación de Minas y Mecánica,
redobló sus esfuerzos para aplicar sus conocimientos al arte del laboreo de
minas, sobrepasando los deseos de sus profesores y demostrando que su espíritu
cultivado poseía ese instrumento poderoso para juzgar y resolver las
dificultades de la vida, que se llama los “métodos científicos”. Así se dedicó
en los ratos perdidos a determinar la potencia necesaria en los aparatos de
molienda y sus rendimientos, a estudiar las condiciones económicas de la
concentración de minerales y al levantamiento del plano minero de los distritos
de Plateros y del Fresnillo, estudios que comprobaron su competencia, le
hicieron acreedor a honrosos certificados y demostraban desde luego que reunía
las condiciones necesarias para llevar a la práctica, con buen éxito, las
aplicaciones de los principios científicos[16].
El
desempeño de Contreras en este periodo le valió no solamente ser aprobado por
unanimidad como Ingeniero de Minas y Metalurgista en 1856, a sus 23 años, sino
también recibir ofertas de trabajo tanto en la iniciativa privada como en el
ámbito público. Ese mismo año se convirtió en Interventor de la Compañía de
Real del Monte – a la cual seguiría asesorando hasta su muerte –, y poco
después Inspector de las minas de Santa Inés, Director de la Mina de Negrilla,
la de Guadalupe y la Hacienda de Beneficio “La Purísima grande”. Fue Diputado
de Minería en Pachuca.
La
experiencia de su siguiente periodo, de 1862 a 1864, como director de la
Negociación de los herederos de Don Juan de Dios Pérez Gálvez en Guanajuato
(donde también fue Diputado de Minería), es testimonio de la insuficiente
inversión en minería antes de la década de 1880: Contreras terminó aconsejando
paralizar las obras por ese motivo, pues consideró imposible seguir explotando
unas minas arruinadas sin mayores inversiones. Después, ya establecido en
Loreto como Ingeniero metalurgista de la Compañía de Real del Monte, siguiendo
la línea aprendida en su Colegio, se dio a la tarea de sustituir “las reglas
empíricas de los azogueros, para marcar el avance y término conveniente de la
amalgamación, por los procedimientos científicos de los ensayes de pella y de
residuos que dan bases precisas para juzgar esos fenómenos”[17]. A
través de los años Contreras se dio de topes al intentar cuidar los intereses
de la Compañía de Real del Monte, que a menudo desperdiciaba sus recursos
porque sus dueños solían guiarse por la avaricia, por el “empirismo más
grosero” y por la ignorancia, a decir de Aldasoro.
El
panorama minero cambiaría en la década de 1880, con inversiones extranjeras;
con producción creciente de cobre, carbón – metales industriales para uso
externo y cuyo valor aumentaba; con mayor uso de máquinas de vapor y abandono
paulatino de los hornos castellanos[18]. En
ese contexto, Manuel María Contreras participó en la elaboración del Código de
Minería – parte de la ola de regulaciones legales que se dieron en el
Porfiriato. Aldasoro explica que “por renuncia y ausencias de varios miembros
de esta Comisión [encargada de elaborar el Código] se puede considerar, en
justicia, que la mayor parte del proyecto que formó la ley de 22 de Noviembre
de 1884 y su reglamento respectivo fueron obras del Sr. Contreras”. También participó,
junto con Aldasoro, en un estudio que el gobierno les encargara sobre los
efectos que produciría la depreciación de la plata – llegaron a la conclusión
de que, a pesar de la depreciación, mantener la industria platera en marcha
traería beneficios económicos en otros rubros.
Culminaremos
este recuento de las labores públicas e ingenieriles de Contreras refiriéndonos
a las obras del Desagüe del Valle de México, que nuestro personaje impulsó y
tuteló hasta su culminación en 1900, ya cerca del final de su vida, – técnica,
política y presupuestalmente – siendo Regidor de Obras Públicas del Distrito
Federal, y después Presidente del Ayuntamiento. Según Luis González, la
importancia del desagüe radicó en “acoquetar” la ciudad, objeto y centro de todos
los mimos y maravillas. Para González, las obras del desagüe son una instancia
de que, durante el Porfiriato, el progreso material únicamente fue visible en
las ciudades[19].
Para Contreras, sin embargo, su sentido iba mucho más allá de eso. El 25 de
abril de 1900, en un homenaje que la Asociación de Ingenieros y Arquitectos
hizo a Luis Espinosa, dijo que con el desagüe terminaban
las
molestias y los perjuicios ocasionados por las inundaciones, que fue el anhelo
de nuestros antepasados; es la base de diversas mejoras sobre irrigación y
canalización que sucesivamente irán realizándose con notable provecho, y es el
cimiento de la obra de Saneamiento de la Ciudad de México, coronación de la del
Desagüe del Valle, y la cual ya está ejecutándose bajo la dirección y conforme
al proyecto formado por mi distinguido discípulo el Sr. Igeniero D. Roberto
Gayol[20].
Como
decíamos al principio, Manuel María Contreras alternó durante su vida la
función pública, el ejercicio ingenieril y con la empresa educadora[21]. Así
como el Porfiriato fue un periodo de institucionalización de las ciencias,
también fue un período de institucionalización y conceptualización de la
educación pública, si bien su implementación sólo alcanzó entonces a una
minoría. “La era de paz permitió que un verdadero fervor educativo invadiera lo
mismo a intelectuales y “científicos” que a pedagogos y maestros. En los
diferentes campos de acción, en el periódico, en la tribuna parlamentaria, en
el puesto público, en la escuela directamente con maestros, todos se
comprometieron para construir la educación nacional”[22].
La
legislación de 1867, todavía con Juárez en poder, fue emblemática y fundacional
para el periodo de educación positivista a cargo de Barreda, como emblemático
fue el inicio de operaciones de la Escuela Nacional Preparatoria en 1868.
Contreras estuvo presente en ese inicio: desde un principio enseñó matemáticas,
“eligiéndose por una junta de los profesores científicos de esta Escuela a
aquel que de entre ellos debe desempeñar este encargo” según lo estipulaba el
reglamento interno. El acta de su designación detalla: “Se procedió
inmediatamente a la votación por medio de cédula, y resultaron cuatro votos en
favor del C. Chavero y cuatro por el Señor Contreras, por cuya razón se repitió
la votación, y obtuvo tres votos el C. Chavero y cinco el C. Contreras, quien
quedó nombrado como profesor de 1er curso de Matemáticas…”[23].
Pareciera
inaugurada una rivalidad entre Chavero y Contreras reflejada en las recurrentes
discusiones sobre la conveniencia del libro de texto de uno o de otro autor,
que constan en actas y folletos de la Escuela Nacional Preparatoria, incluso
tras haber dejado Contreras el plantel. El asunto de los libros de texto no era
menor: recordemos que la decisión de Porfirio Díaz de cambiar el libro de texto
de Lógica de Bain por el de Tiberghien en 1880 representó un verdadero golpe al
positivismo y desencadenó álgida polémica. Pero si en efecto algo se jugaba
entre Chavero y Contreras en del destino de sus respectivos textos, parece
claro que Contreras llevaría la victoria: sus tratados de Aritmética, Álgebra,
Geometría y Trigonometría fueron “declarados como libros de texto en casi todos
los Estados de la República, y el gran consumo que tienen ha hecho que los dos
primeros alcancen ya la novena edición, y el tercero la séptima y el cuarto la
sexta. Sus condiciones como obras didácticas han sido juzgadas favorablemente
por personas peritas, tanto en nuestro país como en el extranjero”[24]. Todavía
en 1964, el Diccionario Biográfico y de
Historia de México afirmaba que los libros de texto de Contreras “no han sido igualados y menos
superados; su aritmética, su álgebra, su geometría y su trigonometría, los que
son consultados hasta nuestros días”[25]. Contreras
también fungió como profesor de Física Experimental en la ENP a partir de 1874,
y además daba conferencias dominicales de divulgación sobre este tema.
La
ENP, aunque emblemática de la educación positivista, fue un caso excepcional
dentro de la de por sí excepcional (por su limitado alcance respecto a la
población general) educación pública del periodo. Algunos de los pilares del
proyecto educativo positivista más global, que informan nuestra idea de
educación pública hasta hoy, quedaron consensados y plasmados en el Primer y
Segundo Congreso de Instrucción Pública (1889-1891): “Es posible y conveniente
un sistema nacional de educación popular, teniendo por principio la uniformidad
de la instrucción primaria obligatoria, gratuita y laica”. Los congresistas
dispusieron que la educación científica formara parte de la educación primaria
en todas sus modalidades, incluyendo educación rural y educación para adultos[26]. Esta
educación científica no tenía la intención de ser propedéutico para futuros
profesionistas y científicos – eso correspondería a las escuelas preparatorias
y a las superiores – sino que se consideró parte de la formación integral de
cualquier ciudadano.
La
creencia en una ciencia para todos se reflejó también en los proyectos para la
formación de maestros de primaria, como veremos enseguida. El magisterio fue
otro de los gremios que se nacionalizó y reguló durante el Porfiriato. Ya
veíamos que en 1900 se le dio la estocada final a la Compañía Lancasteriana, y
fue en 1885 cuando Altamirano proyectó la Escuela Normal para Profesores y se
emitió el decreto de su creación. Las escuelas normales primarias habrían de
perfeccionar la instrucción de los futuros maestros y capacitarlos en el arte
de educar, y para lograrlo “se les enseñarán con más amplitud que en las
escuelas primarias superiores; pero con métodos íntimamente relacionados a los
de las escuela primarias, elementos de: lengua nacional, aritmética, geometría,
física, química y mineralogía, botánica práctica y cultivo de plantas, zoología
anatomía y fisiología humanas y principios de higiene, geografía y cosmografía,
historia patria e historia general, solfeo (…) álgebra hasta ecuaciones de
segundo grado, lógica, moral, obras maestras de la literatura, música…”[27].
Tal
como había sucedido con la Escuela Nacional Preparatoria, la Escuela Normal
para Profesores fue un proyecto pionero, replicable, modelo, que contó con una
planilla docente ilustre – comenzando por el mismo Ignacio Manuel Altamirano. Así,
Contreras fue solicitado para enseñar en ella, desde su fundación en 1887,
Aritmética, Álgebra, Geometría, y Elementos de Mecánica; y también ocupó varias
veces la dirección en periodos de ausencia de Altamirano.
***
En
1892, cuando Contreras era Presidente del Ayuntamiento de la Ciudad de México, y
a su probada competencia como Ingeniero de Minas sumaba la amplia y variada
experiencia como pedagogo, fue nombrado en comisión por Joaquín Baranda, ministro
de Justicia e Instrucción Pública, “para que practique una visita a la Escuela
Nacional de Ingenieros, informe acerca del estado que guarda y proponga las
reformas que juzgue necesarias, a fin de organizar dicha Escuela de la manera
más conveniente y en armonía con los progresos de la ciencia, en un ramo que
tanto afecta a la prosperidad del país”[28].
Contreras
inmediatamente acepta la misión, y cita al entonces director de la Escuela, su
antiguo maestro Antonio del Castillo, para el día siguiente a las 9 de la
mañana. Del Castillo, aunque manifiesta estar contento con la comisión
encargada a su exalumno, debió sentir una invasión a sus dominios: el citatorio
de Contreras le llegó antes que la notificación por parte del Ministerio.
Además, el propio Del Castillo ya había entregado un paquete de sus propias
propuestas al Ministerio, que éste no sólo ignoró, sino que Del Castillo tuvo
que insistir para que lo hicieran llegar a Contreras. El informe que termina
entregando Contreras meses después incluye, efectivamente, respuesta a las
propuestas del director – respuesta más bien negativa, lo cual no cayó en
gracia a este último, como veremos.
El
informe de Contreras, disponible en microfilm en el expediente de la ENI del Archivo
Histórico de la UNAM, constituye un documento muy rico en información. Los
puntos que abarca son: I. Parte material del edificio, II. Orden del
Establecimiento, III Plan de estudios, IV Programa de los cursos, V
Proposiciones del Director y VI Proposiciones de los profesores; además de una
serie de interesantes anexos[29]. Por
si fuera poco, el informe de Contreras está lleno de notas manuscritas por Del
Castillo al margen, como veremos enseguida.
Una
buena parte de las recomendaciones de Contreras tiene que ver con reducir y
simplificar los programas, con restar todo lo teórico que no fuera
indispensable para el ejercicio práctico de las respectivas profesiones, con
atender a la especialización diferenciada de Ingenieros Industriales, en
Construcción, en Minas, etcétera. El objetivo es que el alumno “pueda hacerse
especialista en poco tiempo y relativamente con facilidad; pero procurando
formar hombres prácticos en la especialidad que hayan escogido, con provecho
propio, y con utilidad del país”. Así, Contreras no tiene empacho en recomendar
dejar de lado cursos de matemáticas superiores y mecánica analítica, en favor
de más mecánica aplicada e industrial. Enfatizar la práctica es, además, el
remedio para devolver su atractivo a carreras que, a juzgar por el bajo número
de alumnos examinados (y seguramente debido a su excesiva carga teórica,
científica, meramente especulativa) habían perdido su aliciente, como las de Mecánica
Industrial y Química Industrial.
Para
cada carrera, Contreras especifica la manera de aumentar y mejorar la parte
práctica. En el caso de su propia carrera, recomienda “Hacer que los ingenieros
de minas bajen a éstas y practiquen en las vacaciones, desde el segundo año de
sus estudios profesionales; pues siendo el ejercicio de esta carrera demasiado
rudo, y exigiendo que el Ingeniero tenga buena salud y otras cualidades
físicas, es conveniente que desde el principio el alumno conozca si es o no
apto para ejercerla; y en caso de serlo, que en el periodo de la juventud
ejercite y mejore las facultades que necesita tener”.
Con
todo esto, Del Castillo está de acuerdo, a juzgar por sus notas al margen. Son
recomendaciones en la línea de la tradición utilitarista ya presente desde
mucho antes en el Colegio de Minería, como veíamos. El esfuerzo por aumentar la
práctica y aligerar la teoría fue generalizado en el pensamiento pedagógico de
la época[30].
Provocó de hecho críticas sostenidas a la Escuela Nacional Preparatoria. (Resulta
interesante que semejante crítica de espíritu práctico se hiciera oír por
encima de otro precepto positivista, más dogmático, que recetaba el aprendizaje
de las diferentes ciencias, a profundidad y en un orden determinado,
simplemente para la formación general de las personas).
A
diferencia de lo que sucedió con este tipo de recomendaciones del informe de
Contreras, Del Castillo se molestó con otras que se referían más a la organización
interna de la escuela (al margen anotaba: “no sabe lo que dice”). En otro
lugar, anota que el nepotismo existente en la Escuela resulta en la anomalía de
que “en los exámenes profesionales sirven los jurados, que van a dar el título,
que ellos no tienen”, lo cual Contreras no podía saber a partir de unas simples
visitas y entrevistas. Le molestó sobre todo a Del Castillo la reacción de
Contreras ante algunas de las propuestas que había sometido al Ministerio. Por
ejemplo, Del Castillo proponía subdividir el curso de Mineralogía en tres clases,
con sus respectivos profesores: Mineralogía, Geología y Paleontología. Ante la
respuesta de Contreras en el sentido de que eso dificultaría aún más la carrera
de Ingeniero de Minas, Del Castillo se queja en sus notas: “En todas las
escuelas análogas de Europa estas tres ciencias se dan en cursos separados…”
También
resultan interesantes algunas de las consideraciones presentes en la sección de
propuestas de los profesores. Por poner sólo un ejemplo: “El Profesor de
Matemáticas Superiores, tomando en consideración los conocimientos que han
adquirido los alumnos en la Escuela Nacional Preparatoria, y los que necesitan
para hacer los cursos de Mecánica Analítica, Topografía y Cálculo de
Probabilidades, propone suprimir el estudio de las propiedades de la elipse, de
la hipérbola y de la parábola, así como el de las ecuaciones de las curvas de
segundo grado referentes a coordenadas polares, y que se aumente el estudio de
los cinco puntos que marca en su comunicación de 29 de Octubre”. Contreras
aprueba la propuesta, y no debe haberlo hecho sin cierto orgullo de que su
cátedra de matemáticas en la EPN siguiera brindando a los alumnos buena
formación de tan alto nivel.
***
Manuel
María Contreras murió de enfermedad el 29 de marzo de 1902, a la edad de 69
años, siendo Senador segundo propietario por el Estado de Tlaxcala. La edad
promedio de ministros, senadores y gobernadores era, justamente, de 70 años[31]:
Contreras perteneció a una clase gobernante añejamente porfirista, y murió antes
de que empezara a cuestionarse el régimen. Murió, entonces, tras una vida plenamente
realizada y brillante en el marco de las instituciones y los proyectos
porfirianos, por lo cual mereció el reconocimiento y la estima de cuantos los
compartieron con él. El Imparcial, diario oficial, fue generoso en homenajes y en
notas sobre homenajes a Contreras, tanto a su muerte en 1902, como en 1908, a
la develación del monumento erigido en su honor.
El mismo diario reportó que la
Cámara de Senadores suspendió la sesión en su honor al lunes siguiente de su
muerte, tras acordar que se le levantaría el mencionado monumento[32]. Una
semana después, la Sociedad Alzate tuvo una sesión para honrar su memoria, con
un elogio fúnebre a cargo del Ingeniero Geógrafo Joaquín Mendizábal Tamborrell,
y la presentación de algunos trabajos mineros de Contreras a cargo del Ingeniero
S. Ramírez[33].
La Asociación de Ingenieros y Arquitectos, por su parte, tuvo una solemnísima
velada el 22 de abril, en el emblemático Salón de Actos de Minería, con
discursos (entre los cuales está el del Ingeniero Andrés Aldasoro ya citado en
este trabajo), música y hasta una poesía de Juan de Dios Peza que exalta la
faceta de Contreras como maestro. Los Anales de 1903 de dicha Asociación
dedican casi 40 páginas a registrar la velada, y la Secretaría de Fomento hizo
su propia edición del mismo contenido en 1902. Leopoldo Salazar, en los Anales
de 1903, aclara que la Asociación de Ingenieros y Arquitectos suele ser parca
en ese tipo de manifestaciones, y que hacía trece años, cuando había muerto
Díaz Covarrubias, que no se celebraba una velada fúnebre.
Seis
años después, el Imparcial cubrió a profundidad el evento en que se develó el
monumento a Contreras[34] y
enumeró el impresionante abanico de personas, asociaciones y instituciones –
educativas, científicas[35] y
gubernamentales – que una vez más acudían a rendirle homenaje.
Finalmente,
parece tener sentido que la vida y obra de Manuel María Contreras haya sido
conocida, comprendida y apreciada en su propia época y su propio contexto; y no
tanto en épocas posteriores – y no sólo por su modestia. Pocos años después de
su muerte advendrían la Revolución y los gobiernos revolucionarios, que buscarían
nuevas instauraciones nacionales lejos de la dictadura porfirista. Vendría
también una historiografía crítica que señalaría que los proyectos educativos y
científicos del régimen, a pesar de la excelencia que hubieran podido lograr,
habrían tenido un carácter minoritario, urbano, elitista, con pretensiones
homogeneizantes; limitadas e inadecuadas en un país tan grande, tan diverso y
tan pobre, que las mayorías no participaron de lo que unos pocos, desde el
centro, calificaban como progreso.
Lo
que sorprende en el examen directo de esos proyectos porfirianos, en que se hizo
un esfuerzo por regular, institucionalizar y generalizar la educación y la
ciencia (no con ideas enteramente nuevas, sino a partir de una tradición
existente); es la semejanza con la forma en que hoy, en otro orden y en otro
siglo, seguimos pensando dichas empresas. Si la visión oficial de la cultura,
de la educación y de la ciencia durante el Porfiriato fue inadecuada para el México
de entonces; en parte tendría que admirarnos su pervivencia y pertinencia
relativa a través de las crisis y los cambios; y en parte, tendría que
preocuparnos lo poco que nuestra imaginación ha aportado a dicha a visión a la
luz de nuevas realidades, necesidades y sensibilidades.
Bibliografía
Fuentes primarias
Anales
de la Sociedad de Ingenieros y Arquitectos, México, 1903. Consultados en
microfilm en la Hemeroteca Nacional.
Anuarios del Colegio
Nacional de Minería. 1845, 1848, 1859, 1863. Edición
facsimilar con estudio preliminar de Clementina Díaz y de Ovando, Universidad
Nacional Autónoma de México, México, 1994.
El
Imparcial, Periódico.
Escuela
Nacional de Ingenieros. Dirección, Informes y reglamentos. Archivo Histórico de
la UNAM.
Escuela
Nacional Preparatoria. Actas de juntas habidas en esta Escuela por los CC
Profesores en los años de 1868-1885. Libro núm 1 Escuela Nacional Preparatoria
2.2.1/1288. Archivo Histórico de la UNAM.
Fuentes secundarias
Alvarado,
Lourdes, La polémica en torno a la idea de universidad, IISUE, UNAM, México,
2009 [1994].
Bazant,
Milada, Historia de la educación durante el porfiriato, COLMEX, México, 1993.
Deloya,
Luz María y Calderón, Concepción, Maestros de primeras letras. Cien años de su
formación. Estudio histórico pedagógico, Costa-Amic, México, D.F., 1987.
Domínguez
Martínez, José Raúl, Historia de la ingeniería civil en México 1900-1940, Tesis
para optar por el grado de Doctor en Historia, Universidad Nacional Autónoma de
México, México D.F., 2010.
Historia
general de México, Colmex, México, versión 2000.
López
de Escalera, Juan, El Diccionario Biográfico y de Historia de México, Editorial
del Magisterio, México, 1964.
Ruiz,
Argueta y Zamudio, coordinadores, Otras armas para la Independencia y la
Revolución, Ciencias y humanidades en México, Fondo de Cultura Económica,
México, 2010.
Solana,
Cardiel y Bolaños, coordinadores, Historia de la educación pública en México,
Secretaría de Educación Pública y Fondo de Cultura Económica, México, 1981.
[1]López de Escalera, Juan, El Diccionario Biográfico y de Historia de
México, Editorial del Magisterio, México, 1964.
[2]El 12 de
noviembre de 1901, meses antes de la muerte de Contreras, Eben Erskine Olcott,
presidente del Instituto Americano de Ingenieros de Minas, de visita en México
con ocasión de una importante excursión técnica, propuso que Manuel María
Contreras fuera admitido como miembro honorario del Instituto, haciendo una
excepción a su reglamento, en reconocimiento de sus méritos personales y de los
servicios que había prestado a la juventud, a la minería y a la patria.
[3] Discurso
pronunciado por el Ingeniero Andrés Aldasoro en la velada que la Sociedad de
Ingenieros y Arquitectos dedicó en el Salón de Actos de Minería, para honrar la
memoria del distinguido Ingeniero de Minas D. Manuel María Contreras, en la
noche del 22 de Abril de 1902. Anales de la Sociedad de Ingenieros y
Arquitectos, México, 1903, pp 38-58.
[4] Aldasoro, ibid.
[5] Solana, Cardiel y Bolaños, coordinadores,
Historia de la educación pública en
México, Secretaría de Educación Pública y Fondo de Cultura Económica,
México, 1981, p. 73.
[6] En 1890, en el
Diario Oficial del Supremo Gobierno de los Estados Unidos Mexicanos, Tomo XXII,
Núm. 77 del lunes 31 de marzo de 1890, págs. 3-4, apareció un documento en
donde, en base a la ley de 23 de mayo de 1888 “que tiene por principal objeto
uniformar la enseñanza primaria y hacer efectivo el precepto que la declara
obligatoria y gratuita”, dispuso que se hiciera un estudio de la fundación e
historia de la Compañía Lancasteriana, de donde resultaron las siguientes
conclusiones: a) Aunque en su momento tuvo buenos resultados, el método ya no
es compatible con “los métodos modernos, discutidos y aceptados en todos los
pueblos cultos, como los más eficaces”, b) Tienen pocos alumnos y c) Se cesa la
compañía y se nacionalizan las escuelas. Deloya, Luz María y Calderón,
Concepción, Maestros de primeras letras.
Cien años de su formación. Estudio histórico pedagógico, Costa-Amic,
México, D.F., 1987, pp. 22 y ss.
[7] “Por lo que toca a los estudios
impartidos en el antiguo colegio de Minas, sea el propio Barreda quien nos dé
su punto de vista. Por su fundación y por los fondos que los sostenían era una
institución retrógrada, de carácter teocrático y hereditario, en la práctica
abierto sólo a los hijos de los mineros, “prueba inconcusa de la afinidad
natural que existe entre la educación especialista desde su origen, y la
institución teocrática de la herencia de los cargos y de las profesionales” en
Gabino Barreda, “Instrucción pública”, 1901, pp. 286-287. Citado por Alvarado,
Lourdes, La polémica en torno a la idea
de universidad, IISUE, UNAM, México, 2009 [1994], p. 87.
[8] Aldasoro cuenta que cuando
Contreras debía continuar sus estudios en la recién fundada Escuela Práctica de
Minas y Metalurgia en Fresnillo, pensó en desistir para quedarse con su familia
durante la fase terminal de la enfermedad de su padre, pero “El Sr. D. José
María, profundamente conmovido por los nobles sentimientos de su hijo,
consideró, con la rectitud de miras que le era habitual, los inconvenientes de
ese sacrificio, que privaría a su familia de los abundantes recursos que
pudiera proporcionarle en un futuro próximo, el útil Ingeniero de Minas”,
Aldasoro, op. cit.
[9] Alvarado, op. cit., p. 24.
[10] Azuela, Luz Fernanda, “La
ciencia positiva en el silgo XIX Mexicano” en Ruiz, Argueta y Zamudio,
coordinadores, Otras armas para la
Independencia y la Revolución, Ciencias
y humanidades en México, Fondo de Cultura Económica, México, 2010, p. 179.
[11] Ibidem.
[12]Anuarios del Colegio Nacional de Minería. 1845,
1848, 1859, 1863.
Edición facsimilar con estudio preliminar de Clementina Díaz y de Ovando,
Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1994. Ver el Programa de
Estudios de 1860 anexo.
[13] Ibid, p. X.
[14] Reseña del año
escolar del 1859 Leída por el director D. Joaquín Velázquez de León, en la
solemne distribución de premios del día 29 de noviembre, Ibid, sin paginación.
[15] Ibid, p. XXXVII.
[16] Aldasoro, Op. cit.
[17] Ibidem.
[18] González, Luis, “El liberalismo
triunfante”, en Historia general de
México, Colmex, México, versión 2000, p. 664.
[19] Ibid, p. 704.
[20] Domínguez Martínez, José Raúl, Historia de la ingeniería civil en México
1900-1940, Tesis para optar por el grado de Doctor en Historia, Universidad
Nacional Autónoma de México, México D.F., 2010, p. 318.
[21] En los
registros de asistencia de maestros de la Escuela Nacional Preparatoria que se
conservan en el Archivo Histórico de la UNAM, constan la asistencia y
puntualidad casi perfectas de Contreras a sus clases, excepto en caso de
enfermedad, o como sucedía a menudo, faltas con previo aviso por ocupaciones
oficiales.
[22] Bazant, Milada, Historia de la educación durante el
porfiriato, COLMEX, México, 1993, p. 17.
[23] Actas de juntas
habidas en esta Escuela por los CC Profesores en los años de 1868-1885. Libro
núm 1 ENP 2.2.1/1288
[24] “… en comprobación de esto”,
detalla Aldasoro, “nos bastará citar: el dictamen enviado al a Junta Directiva
de Instrucción Pública por los notables profesores D. Manuel Fernández Leal, D.
Rafael Angel de la Peña y D. Manuel Ramírez; y el hecho de haber obtenido
medallas de plata en las últimas Exposiciones Internacionales de Paris y de
Buffalo”, Aldasoro, op cit.
[25] López de Escalera, op. cit.
[26] Solana, Cardiel y Bolaños, op. cit, pp. 67-68.
[27] Deloya, Luz María y Calderón,
Concepción, op. cit., pp. 53-54.
[28] Oficio escrito
por Joaquín Baranda el 31 de marzo de 1892. México, D.F, incluido en los “Oficios,
informes y anexos enviados por Manuel María Contreras al secretario de Estado y
del Despacho de Justicia e Instrucción Pública, sobre la Escuela Nacional de Ingenieros
y la parte material del edificio, el orden en el establecimiento, el plan de
estudios, los programas de los cursos y las proposiciones del director y los
profesores (manuscritos, mecanoescritos, impreso)”. Escuela Nacional de
Ingenieros. Dirección, Informes y reglamentos. Caja 7, Exp. 10, fo. 105-398.
1892. Archivo Histórico de la UNAM. La especulación sobre el punto de vista de
Del Castillo aquí presentada está reconstruida a partir de varios oficios que
ahí se conservan, escritos por los diversos actores involucrados.
[29] Anexos:
1.
Resultado
de los exámenes de la Escuela Nacional de Ingenieros, en los años de 1890-1891.
2.
Dictamen
que presenta a la Sociedad de Ingenieros y arquitectos, la Comisión nombrada al
efecto, relativo a su proyecto de estudios preparatorios y profesionales para
las diversas especialidades de la Ingeniería.
3.
Programas
de los cursos para el año escolar de 1891. (Libro editado por Fomento:
Programas de los cursos para el año escolar de 1891. De las escuelas
dependientes de la Secretaría de fomento. México. Oficina Tip. de la Secretaría
de fomento. Calle de San Andrés número 15. 1891))
4.
Reglamento
de la Escuela Nacional de Ingenieros.
5.
Reglamento
interior de la Biblioteca de la Escuela Nacional de Ingenieros.
6.
Reglamento
interior de la Escuela Práctica de Minas de Pachuca.
7.
Presupuesto
de la Escuela Nacional de Ingenieros.
8.
Expediente
de las comunicaciones dirigidas al Director, Empleados y Profesores de la
Escuela, y sus contestaciones originales.
9.
Apuntes
relativos al Instituto Geológico Nacional.
[30] Justo Sierra, a cargo de la
educación pública en el periodo siguiente al que aquí tratamos, fue un
detractor del “cienticismo”. “Las autoridades educativas a cuya cabeza estaba
Sierra pusieron manos en el asunto, sobre todo a partir de 1902, cuando se creó
el Consejo Superior de Educación Pública, se procuró que la instrucción
profesional se redujera a las materias indispensables para cada carrera y que
el tiempo de escolaridad fuese más breve. Se alivió la parte teórica y se
aumentó la práctica…” Bazant, op. cit,
p. 223. Sin embargo, Bazant es escéptica con respecto al logro de los objetivos
de estas medidas, que Sierra consideró alcanzados.
[31] Luis
Gonzáez, op. cit, p. 686.
[32]
El Imparcial, 1 de abril de 1902.
[33]
El imparcial, 3 de abril de 1902.
[34]
El Imparcial, 22 de febrero de 1908.
[35]
Contreras perteneció a quince sociedades científicas y mutualistas, según Aldasoro.