A menudo, cuando escribo algo que de verdad me importa, me pasa algo de lo más insólito. Comienzo haciendo bocetos y esqueletos, convencida de que representan, condensadamente, el futuro contenido del texto, mismo que pasaré a desarrollar en la redacción final. Pero esto no ocurre en absoluto. El alma del texto no comienza a existir sino hasta el momento de escribir y reescribir in extenso.
El esqueleto, entonces, no es mas que el umbral de la alquimia; la alquimia por la que el drama del espíritu pasa a jugarse en el logos alfabetizado negro sobre blanco, con una inconsecuencia tan pasmosa como aquella con que el jugo de crisálida produce una mariposa; el código binario una imagen; o con la que un hombre se expresa en su ADN y una sinfonía en un pentagrama.
Salto de lo íntimo y subjetivo, a lo político y necesitado de objetividad: en México nos preocupa mucho no saber leer y escribir bien, y se habla de "eficiencia lectora", de "competencia en lectoescritura", "analfabetismo funcional", o incluso "puntaje en habilidad lectora de la prueba ENLACE". Cuando escucho diagnósticos educativos y culturales planteados en estos términos, siento un calosfrío, y me vienen a la cabeza impulsos de tal incorrección política que sólo me atrevo a ponerlos aquí.
El campo semántico tecnocrático que evocan esas expresiones me parece alejadísimo al que me evocaría una fenomenología de la lectoescritura. (Las palabras "hábito" y "cultura" me resultarían más comprensibles, pero en la retórica política suelen estar vacías). La presencia de la palabra escrita en nuestro mundo es para mí un asunto de misterio, y un misterio de luces y sombras. Esto da por resultado que, en mi ánimo, la oposición valorativa ni siquiera esté entre el alfabetismo y el analfabetismo, sino entre los milagros y las perversiones de la lectoescritura.
Los milagros son muy diversos: veo un letrero y me ubico en la ciudad, miro mi TL y me doy una idea de los acontencimientos recientes, leo los primeros párrafos de un libro y me introduzco en una tónica existencial completamente diferente a la mía, miro un mensaje de texto de cierta persona y mi cuerpo entero reacciona...
Las perversiones también abundan: leyes y documentos prometen una justicia a la que no puedo acceder, jeroglíficos hostiles llenan mis cuadernos escolares, fórmulas petrificadas y palabras muertas constituyen mi única formación histórica, abuso de ti sirviéndome de la autoridad de un papel que no entiendes...
En fin: el discurso especializado y político en torno a la consecución nacional de la lectoescritura, cuando está en aquel lenguaje que se me antoja tan extraño, me hace preguntarme si estaremos hablando de la misma cosa.
El esqueleto, entonces, no es mas que el umbral de la alquimia; la alquimia por la que el drama del espíritu pasa a jugarse en el logos alfabetizado negro sobre blanco, con una inconsecuencia tan pasmosa como aquella con que el jugo de crisálida produce una mariposa; el código binario una imagen; o con la que un hombre se expresa en su ADN y una sinfonía en un pentagrama.
Salto de lo íntimo y subjetivo, a lo político y necesitado de objetividad: en México nos preocupa mucho no saber leer y escribir bien, y se habla de "eficiencia lectora", de "competencia en lectoescritura", "analfabetismo funcional", o incluso "puntaje en habilidad lectora de la prueba ENLACE". Cuando escucho diagnósticos educativos y culturales planteados en estos términos, siento un calosfrío, y me vienen a la cabeza impulsos de tal incorrección política que sólo me atrevo a ponerlos aquí.
El campo semántico tecnocrático que evocan esas expresiones me parece alejadísimo al que me evocaría una fenomenología de la lectoescritura. (Las palabras "hábito" y "cultura" me resultarían más comprensibles, pero en la retórica política suelen estar vacías). La presencia de la palabra escrita en nuestro mundo es para mí un asunto de misterio, y un misterio de luces y sombras. Esto da por resultado que, en mi ánimo, la oposición valorativa ni siquiera esté entre el alfabetismo y el analfabetismo, sino entre los milagros y las perversiones de la lectoescritura.
Los milagros son muy diversos: veo un letrero y me ubico en la ciudad, miro mi TL y me doy una idea de los acontencimientos recientes, leo los primeros párrafos de un libro y me introduzco en una tónica existencial completamente diferente a la mía, miro un mensaje de texto de cierta persona y mi cuerpo entero reacciona...
Las perversiones también abundan: leyes y documentos prometen una justicia a la que no puedo acceder, jeroglíficos hostiles llenan mis cuadernos escolares, fórmulas petrificadas y palabras muertas constituyen mi única formación histórica, abuso de ti sirviéndome de la autoridad de un papel que no entiendes...
En fin: el discurso especializado y político en torno a la consecución nacional de la lectoescritura, cuando está en aquel lenguaje que se me antoja tan extraño, me hace preguntarme si estaremos hablando de la misma cosa.