viernes, 4 de febrero de 2011

Misterios de la lectura, misterios de la escritura

A menudo, cuando escribo algo que de verdad me importa, me pasa algo de lo más insólito. Comienzo haciendo bocetos y esqueletos, convencida de que representan, condensadamente, el futuro contenido del texto, mismo que pasaré a desarrollar en la redacción final. Pero esto no ocurre en absoluto. El alma del texto no comienza a existir sino hasta el momento de escribir y reescribir in extenso.

El esqueleto, entonces, no es mas que el umbral de la alquimia; la alquimia por la que el drama del espíritu pasa a jugarse en el logos alfabetizado negro sobre blanco, con una inconsecuencia tan pasmosa como aquella con que el jugo de crisálida produce una mariposa; el código binario una imagen; o con la que un hombre se expresa en su ADN y una sinfonía en un pentagrama.

Salto de lo íntimo y subjetivo, a lo político y necesitado de objetividad: en México nos preocupa mucho no saber leer y escribir bien, y se habla de "eficiencia lectora", de "competencia en lectoescritura", "analfabetismo funcional", o incluso "puntaje en habilidad lectora de la prueba ENLACE". Cuando escucho diagnósticos educativos y culturales planteados en estos términos, siento un calosfrío, y me vienen a la cabeza impulsos de tal incorrección política que sólo me atrevo a ponerlos aquí.

El campo semántico tecnocrático que evocan esas expresiones me parece alejadísimo al que me evocaría una fenomenología de la lectoescritura. (Las palabras "hábito" y "cultura" me resultarían más comprensibles, pero en la retórica política suelen estar vacías). La presencia de la palabra escrita en nuestro mundo es para mí un asunto de misterio, y un misterio de luces y sombras. Esto da por resultado que, en mi ánimo, la oposición valorativa ni siquiera esté entre el alfabetismo y el analfabetismo, sino entre los milagros y las perversiones de la lectoescritura.

Los milagros son muy diversos: veo un letrero y me ubico en la ciudad, miro mi TL y me doy una idea de los acontencimientos recientes, leo los primeros párrafos de un libro y me introduzco en una tónica existencial completamente diferente a la mía, miro un mensaje de texto de cierta persona y mi cuerpo entero reacciona...

Las perversiones también abundan: leyes y documentos prometen una justicia a la que no puedo acceder, jeroglíficos hostiles llenan mis cuadernos escolares, fórmulas petrificadas y palabras muertas constituyen mi única formación histórica, abuso de ti sirviéndome de la autoridad de un papel que no entiendes...

En fin: el discurso especializado y político en torno a la consecución nacional de la lectoescritura, cuando está en aquel lenguaje que se me antoja tan extraño, me hace preguntarme si estaremos hablando de la misma cosa.

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